noviembre 05, 2009

Si Carlos viviera


Soy tu jefe de batallón y especulo con tesis traicioneras
entre el drama y la quimera.
Conciliábulo del poder, me reúno con jefes de galera.
Ay, mi amor, si el Che viviera. —Frank Delgado


Si Carlos viviera, hoy tendría 73 años. Sería un sabio- posmoderno-esquizofrénico, permanecería aislado como tantos otros en la Embajada del Reino de los Sueños Rotos; continuaría amando a María Haydeé, a su Iphone, a su madre, y John Steinbeck volvería a estar de cabecera en su mesita de noche.

Si Carlos viviera, también manejaría un Mini Cooper del 2003, viviría en Altamira -juntando 5 casas-, tendría una hija disidente por capricho, su hijo siempre sería un candidato, sus nietos estarían graduándose del Colegio Centro América y el más grandecito estudiaría Artes Liberales en alguna universidad snob de Barcelona.

Si el camarada Carlos viviera, el partido de todos modos estaría secuestrado –aunque él renegando, se opondría siempre a todo secuestro. Cambiaría su concepción de cambios, pero seguiría terco sin promover pactos históricos de perpetuación, comportamientos fascistas, controles estalinistas, ni estaría de acuerdo con el maniqueo, ni la compra de voluntades, ni la instauración de un Estado-pandillero. Y andaría ahí él, solo, sin ser escuchado, pero sin ser tocado.

Si el compañero Carlos viviera, conservaría algunas manías de austeridad personal e ingenuamente andaría colgando pequeñas fotografías de Jorge Navarro con una leyenda de su honesta gesta al pie de foto. Continuaría adepto a la monogamia, a las buenas costumbres, enemigo del licor (aunque algunas copitas de Jägermeister en Navidad), jugaría al dominó con sus bisnietos y Pablito sería el leal jardinero de su casa.

Si el comandante Carlos viviera, aceptaría finalmente de manera simbólica aquellos Cien Años de Soledad de manos de la viuda del mártir. Entendería algunas cosas de relaciones humanas, y aunque su mayor impulso continuaría siendo la ortodoxia, estaría abierto a las visiones de Wilber, al atractivo postcolonialismo de Bahba, habría escrito un artículo de opinión tras la muerte de Derridas, y Foucault le habría finalmente hecho ver que toda su vida estuvo errada.

Si el comandante Carlos viviera, ya no sería Comandante, pero insistiría en una más visible sacralización de Camilo traduciendo su sincero espíritu de unidad y reconciliación. Impartiría una clase de historia en la UNAN Managua, y aunque se llevaría de la patada con UNEN, él, discretamente difundiría el folletito de "La Teoría de las Organizaciones Intermedias", y les hablaría de Julio, de Miguel, de La Gata, de Michelle, y de Pedro, asegurándose de explicar los peligros de la militancia y su cercanía al borreguismo. “Autodetermínense, muchachos”, se acostumbrarían los estudiantes a escuchar de esa azulada voz desencantada.

Y así, si Carlos viviera, sólo unos cuantos llegarían a verle; su mayor pasatiempo sería la espera, y continuaría así, aguardando a sus chicos del norte, a los chicos del sur, a los occidentales, a los orientales, pero ninguna señal orientadora, ninguna cinta atada al árbol, todo relevaría un infame desencuentro, y él aún, valerosamente aterrado en el centro acorralado de Zinica.

Canción "Si el Che viviera" de Frank Delgado

octubre 31, 2009

Borreguismo

No mi Comandante. Si mi Comandante. Todo listo mi Comandante. Ya en las rotondas mi Comandante....ala, Comandante, tan tarde llegará?

BORREGUISMO + ORTEGUISMO = BORRE-A-ORTEGA
NO AL BORREGUISMO

octubre 30, 2009

“Pequeño”


A María Haydée Brenes

Mi abuelo hasta su muerte no se cansó de confirmar, con todos los miembros de su familia, si realmente había votado en las últimas elecciones. Quería que le reiteraran si certeramente había dado su voto a los liberales.

Papito era una de esos pocos que me habló bien de los Somoza. Anhelaba tanto esa época que insistidamente repetía: “¡Vej, en esos tiempos los reales sí valían!”.

Entre la familia muchas veces se crearon enemistades, porque mamá y otras tías, en un par de ocasiones le hicieron votar por el Frente Sandinista. Mi tío, que aún es mormón, entre cuestionamientos éticos y morales, les achacaba el que no supiesen honrar debidamente al padre.

Mi abuelo nació un día que Dios estuvo enfermo(*), creció en el campo y trabajó por veinte años para un terrateniente en San Isidro de Bola -de San Judas tierra adentro.

Procreó 27 hijos con cocineras, hijas y nietas; y aunque ya vivía con la Mimi, aseguraba haberse acostado con la cegua. Dice que la mocuana y las monas sólo lo seguían. Mi abuela, orgullosa, gustaba contar aquella su gesta, la de haberle quebrado la pata a una de esas monas una noche que se paseaba sin tregua por el tejado de la casa con chillidos infernales. Ella salió con un candil y una rajeleña, y cuando vio al bulto cruzarse a un palo de guayaba, se la apeó. Al día siguiente se encontró a la Eduviges con la canilla entablada y develado el acertijo, la agregó a su lista de comadres.

Don Arturo, en una ocasión, le preguntó a mi abuelo que si quería venirse a Managua para verle unos lotes donde estaba levantando un taller mecánico. Llegaron a la ciudad en el 64 y a unos meses de trabajarle a don Arturo, consiguió enrolarse en Lanica, donde se estuvo hasta 1979.

Lo que más le molestó en el 79, fue que los sandinistas lo hicieron estar dos meses de vacaciones, hasta que logró nuevamente administrar una finca en El Crucero. Ahí permaneció -ya solo- toda la década y únicamente bajaba los domingos a ver a la Mimi, quien aún vivía con varias de sus hijas-madres-solteras, muchos de sus nietos, y el recuerdo amargo del cumiche que desapareció en la Insurrección.

También vivía con el único hijo varón que le quedaba, y quien poco a poco, junto a otros elderes fueron sumando adeptos para su dominical culto casero. (Lo bueno de los mormones, a diferencia de los pentecostés, es que con sus alabanzas no perturban la paz sonora del prójimo).
“Pequeño” --como le empezamos a llamar sus nietos-- nunca se incorporó a los cultos, y se quedaba en el jardín trasero con la Mimi, haciéndole injertos de rosas en improvisadas maseteras de llantas-viejas y barriles-charatarras que encontraba en un cercano basurero clandestino.

Era el único momento en el que podían amarse. Toda la familia en el culto, y ellos atrás, conversaban de sus cosas, mientras ella cocinaba la sopa de domingo. Él le reparaba el jardín, y ella, mimándolo con bocas, le dejaba que se echara su petit, como le decía a la medida de ron que se metía cada media hora.

La Mimí murió antes que el Pequeño llegará definitivamente a casa un día que Dios estuvo enfermo. Al Pequeño lo llevaron golpeado, anciano y más pequeñito. Dicen que uno de sus peones por rivalidades amorosas le había propinado la aporreada del siglo, y lo dejó en un manto de lagunas mentales de por vida.

En un inicio todos comprendíamos verlo en su enajenado pero convaleciente estado, mientras por horas miraba aparearse a los perrozompopos en la pared de su cuarto, en esa tabula rasa y fuente pluvial de su Leteo. Pero El Pequeño nunca volvió a recordar los nombres de todos nosotros. A Armando le decía Hamilton, a Bayardo lo llamaba por Leonardo; a Patricia, Marcela; y a mí, a mí siempre me preguntaba que quién era.

Los problemas empezaron a sospecharse cuando lo vimos vertiginosamente subir de peso. Entre visitas a tías, vecinos u otras invitaciones, accedía siempre a los ofrecimientos de comer todo el tiempo. Y los doctores evidentemente emitieron en su diagnóstico que no era la gula, sino el Alzheimer lo que venía redondeando la panza del abuelo. Su mente se divorciaba de su sistema orgánico y los códigos de su cerebro por extensión iniciaron un proceso de entropía. Él ya no podía recordar que había comido.

Aunque si algo recordó siempre el Pequeño, fueron las canciones de Gardel: “Tengo miedo del encuentro, con el pasado que vuelve, a enfrentarse con mi vida”, pero el abuelo realmente no temía y la línea de tiempo más bien había desplazado el miedo de su pasado hacia nosotros, quienes poco a poco empezamos a habitar su fantasmagórico entorno.

Y todos, sin poder evitarlo, caímos en su fatal paradoja, en la fragmentación y repetitivo estado de su realidad girando como “loca polea”. El abuelo se ponía los zapatos al revés, creía leer los diarios (al revés), y el orden sintáctico de sus expresiones empezaron a desgastar nuestro nostálgico deseo por entenderle. Se le tenía que bañar, peinar, cepillar y estar pendiente de sus operaciones cotidianas.

Aún no sabemos cómo se las ingenió para irse una vez a escondidas a retirar su mesada de jubilado. Se nos perdió por varias días, hasta que Bayardo, la mañana de un lunes escuchó por Radio Ya que había un anciano en sus oficinas. Cuando llegamos a recogerlo, nos dijeron que lo habían encontrado en la CST entre un grupo de Matanceros. Pasó una semana afectado únicamente repitiendo como disco rayado: “Los reales con Somoza, sí valían”, y entonces, luego se alegraba al recordar que José Rizo era el nuevo Presidente de la República.

Mi abuelo murió un día que Dios estuvo enfermo. Se le encontró una mañana en su camita pequeña, boca arriba, serio y bañado de un manojo de fotografías familiares.

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* Verso de Espergesia del poemario los “Heraldos Negros” de César Vallejo.

octubre 29, 2009

Nicaragua, Única, Original!


Un ortegista a un ciudadano:
-"No te arrechés, om, el que se arrecha, pierde, jajaja..."
Un ciudadano a un ortegista:
-"El problema es que cuando un ortegista pierde,
no sólo se arrecha, mata".-

octubre 28, 2009

El dolor de las piñatas

El otro día recibí en Facebook una invitación a pertenecer a un grupo en el que estaba intentándose promover un pequeño negocio familiar de piñatas. Me pareció particular, inteligente y astuta la instrumentalización que hizo la chica de su cuenta, por lo que decidí aceptarla.

Quizás fue mala idea. Desde entonces no dejó de bombardearme con invitaciones, gangas, descuentos, promociones, cupones y otros conjuros de ventas que de pronto empecé a sentir una profunda empatía por esas criaturas y pensar: Qué habrá pasado en la Historia Universal de las Piñatas para que carguen tan visceral condena como ofrenda de expiación en inocentes festejos de sadismo; por qué todas deben morir por la mano criminal y ante los ojos de niños que ríen con tímida inocencia.

Parece ser que la vida es irracional con las piñatas o nosotros somos irracionales ante la vida. Venimos siendo la suma de efectos de violencia como vencedores o vencidos, aunque siempre con la obligación moral de heredar a nuestros hijos un comportamiento vital de barbarie; ya sea para agresión o defensa; ellos siempre deben aprender, y un garrote en mano como primera herramienta de muerte, es siempre la lección inicial.

Los niños no piensan así --argumentará algún sicólogo oportunista-- sólo disfrutan el hecho de vapulear a sus héroes favoritos para obtener caramelos y regalitos. Luego pasan los años y aquel inocente ensayo de ética de crueldad con “yo, yo, ahora yo”, para vapulear a la piñata, adquiere su despiadada significación. La piñata luego cae al suelo y detona otras destrezas rapaces por obtener el botín de caramelos, destrezas que al paso del tiempo se trasformarán en riña por gerencias bancarias, ministeriales, lucha de clases, cultura de reparto, confiscación de bienes, estafas y estelionato.

Desde el catolicismo el significado de las piñatas quiere ser menos irracional pero no por eso menos violento; según la tradición, la piñata refiere a la lucha del bien contra el mal. En aquellos tiempos, cuando el universo de las piñatas no era aún un mundo de seres, sino sólo una esfera con siete picos, ésta representaba a los siete pecados capitales, el palo al evangelio y los ojos vendados a la fe ciega del creyente (¿Alguna vez alguien fingió para vengarse de otro?).

Yo sigo traumado. Por qué las piñatas deben ser ensayos de violencia y favorecer en última instancia la gestación de parámetros de deslealtad, codicia y robo. Sólo es legible si se parte –como diría Camus-- del principio que al ser todos culpables, nadie lo es, porque desaparecen los inocentes al desaparecer sus contrarios… Pobres piñatas, ¿por qué todos olvidamos que Magdalena también pudo haber sido una de ellas?

http://www.facebook.com/emila.persola

octubre 23, 2009

Quizás nos hace falta sistematizar la razón de una lucha. El reunir a todos los blancos frente al mismo dardo y saber ante quien se juega uno la vida. Sentir que el sacrificio valdrá por un sano mañana y que el olor a patria continuará en el aire.


Foto/Alejandro Marín

octubre 22, 2009


Lady Gaga introduce

el último alarido de la moda...

"HAY QUE UNIRSE"

temporada ÖTOÑO 2009

SOLO EN TIENDAS

Movimiento Joven Nicaragüense/Juventud Patriotica Nicaragüense/ PLC.ALN.MRS.A/ Asociación Mundial de Nicaragüenses en el Exterior/ Un ratito para mi país/Artistasfussionsnop.com.IN / 100% Nica (en Miami)/TecnÓcratas Inc. (orgullosamente en el extranjero)/ MOODS VIP/ The Reefate por la democracia/Rokeros con ganas de sembrar palos de six-packs/ Unión Ciudadana por la Democracia/ HIPA HIPA BASTA YA, hip!/ JOVENES NICARAGUENSES EN LA POLITICA

octubre 21, 2009

Gravada en piedra

Ayer soñé en un pasillo de espera a un grupo de madres que cargaba en brazos a sus hijos. Varios hombres y mujeres cojeando, bajaban y subían escaleras una y otra vez. Una mujer con un cable levantaba una barra de hierro y la dejaba caer repetitivamente en su cabeza, clac… clac… clac!

Recostada a la pared, una niña posa como adulta mientras cuenta ensimismada los dedos de sus pies. Una joven delgada… parece enferma, se pasea con su cartera que mueve como péndulo. Una señora con gabacha pasa a mi lado: “Ah, y sos zurdo!”, me dice, mientras se aleja con una injustificada carcajada en la que deja al descubierto el platino de sus dientes. Tengo miedo.

Se arrima un hombre con un manojo de llaves mientras un coro de voces masculinas gritan sentencias inconexas. Una adolescente en la banca hace sonar pequeñas explosiones con un chicle en su boca. Y en una esquina, un altar con un Divino Niño se deja rodear con luces de colores.
Frente a mí, un anciano cubre con su mano uno de sus ojos, y con la otra, sobre su muslo sostiene ese ojo. Al final del pasillo, otro hombre levanta a su hijo en el aire y le regaña con una voz de niño. Aquí nadie más habla. Los abanicos soplan, la adolescente explota su chicle, el coro sigue sus sentencias y la mujer con la barra continua…clac!

De una habitación en sillas de ruedas, varios jóvenes mutilados de un brazo y una pierna salen empujados por sombras que visten con zapatos grandes, grandísimos… Ya todas saben nuestros nombres, nos señalan y también se carcajean. Presiento que algo está en mi contra, cuánto tomará… “¡ Yo no como huesos de tortura!”, grita el último de los jóvenes que pasa frente a mí e implosiona viscosamente en el anciano. Ahora hace frío.

El mismo hombre con el manojo de llaves, se acerca. Un violín (María Santísima de Araceli). “Llévenselos”. Nadie objeta, todos marchamos embrujados y dirigidos por las voces que emiten las sentencias. El patio está al fondo del pasillo, las sombras nos extienden las palas. Seguimos cuesta abajo. Afuera hace más frío… Chazzz… Chazzz… Chazz! Las palas siguen escavando al frío, alguien tose, es la niña adulta ¿Quién cayó? Aún nadie lo sabe. Estamos acá, decapitados, el frío aún traga y ya todos pusilánimes en fosa.

El hombre de las llaves se acerca, ya nadie lo observa: “Esta sentencia está gravada en piedra, es inapelable”, y tras su voz, su fuerza, su flamante bramido de condena, un bramido que rebota en el cielo de ese octubre grisáceo. Y yo aún con miedo.
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Foto/ Roberto Guillén